Brainspotting

¿Desde qué estado se aprende?

La vergüenza también enseña

Hace algunos años, recién llegada a Abiyán, interrumpí con buena intención a una joven
madre para compartirle nociones sobre apego. Minutos después, mientras regresaba a casa, mi
cuerpo se activó: sudoración, taquicardia, una sensación de autoataque. Lo reconocí con
claridad: era vergüenza.

No había fallado en el contenido, sino en el modo. Mi intervención había surgido desde un
ideal profesional —hacer lo correcto, educar, orientar— que desplazó la conexión. La
vergüenza no fue social ni producto del juicio externo; fue una experiencia intrapunitiva que
me confrontó con la pregunta: ¿quién soy yo para irrumpir en la experiencia del otro?
Con el tiempo comprendí que esa reacción no estaba aislada. En ella operaban expectativas de
perfección, necesidades implícitas de legitimidad profesional y un choque de valores no
mediado. La pertenencia, el valor y el reconocimiento pueden convertirse en exigencias
internas que rigidizan la presencia y desdibujan la sensibilidad relacional.

Esa experiencia me llevó a revisar no solo mi práctica clínica, sino también los espacios
donde aprendemos a intervenir en trauma. Porque si en la clínica hablamos de seguridad,
regulación y conexión, ¿desde qué estado aprendemos a sostenerlas?

Ahí viene, ya está: aquí entra mi vergüenza crónica. Hoy la reconozco mucho mejor que
antes, inscrita en un eje somático-relacional, implícita y variable según el contexto. Suelo
sentir una gran tensión, rubor en el rostro, vasodilatación cutánea y, sobre todo, un aumento
marcado de la frecuencia cardiaca. Puedo notar el descenso de mi mirada y el esfuerzo
consciente por mantenerla al frente de la pantalla o del orador en contextos formativos.
El único detonante suele estar asociado al deseo de externalizar una duda o realizar una
intervención en un espacio académico. Las sensaciones en mi cuerpo parecen, por milésimas
de segundo, invitarme a evitar el impulso de saciar mi curiosidad académica; intento entonces
gestionarlo cognitivamente.

Este patrón ha existido desde mi adolescencia. El trabajo terapéutico ha permitido que fluctúe:
algunas veces se presenta de manera leve, otras más intensa, pero sin llegar a ser paralizante.
Hace un par de semanas noté algo inesperado: frente a los escenarios que antes la gatillaban,
no la sentí en mi cuerpo. ¿Dónde estás? ¿Qué pasó?

En una formación reciente en Brainspotting, me encontré en un espacio donde mi sistema
podía oscilar entre un estado ventro-vagal —disposición para aprender, curiosidad por el
nuevo material, entusiasmo frente al desarrollo de una nueva competencia— y la posibilidad
de una activación dorsal al interpelar a los oradores. Sin embargo, el eje predominante fue un
estado de seguridad sostenido: se trató de una experiencia profundamente encarnada, no sujeta
a la conciencia reflexiva en ese momento.

En el tercer día de formación, durante los ejercicios de práctica que requieren todas las
formaciones en trauma, una colega y yo revisamos el protocolo antes de su ejecución. En un
acuerdo previo y como metodología de estudio, ella identificaría la puesta en marcha del
protocolo durante mi turno y yo haría lo mismo en el suyo. Al finalizar mi intervención,
revisamos juntas el proceso y advertimos que, en mi ejercicio como terapeuta, había invertido
dos puntos del protocolo.

En ese momento sentí un tenue calor en el rostro, pero esta vez mi atención advirtió algo
diferente: a pesar de las preguntas que había formulado a lo largo de la formación, era la
primera vez que aparecía una activación corporal. La leve reacción pasó rápidamente a un
segundo plano y mi curiosidad autoexploratoria solo preguntaba: ¿dónde estás?, ¿qué pasó?
La busqué en mi cuerpo, pero no había estado. Mi patrón habitual de activación somática no
se había desplegado durante la formación; había realizado preguntas, sí, pero las sensaciones
sentidas estaban lejos de la vergüenza.

De todas las conceptualizaciones que he leído sobre la vergüenza, la definición de DeYoung
es la que más ha resonado con mi propia vivencia. DeYoung (2015) la describe como “una
experiencia de desintegración del propio sentido del yo, en relación con otro desregulado”. La
desregulación del otro desfavorece mi propia regulación.

Es su postulado sobre la vergüenza crónica, la autora señala que el “otro desregulador” suele
ser alguien cercano (DeYoung, 2015). Desde mi lectura clínica, me pregunto si ese “otro
cercano” podría no ser solo una persona, sino también ciertas configuraciones relacionales
—como jerarquías implícitas y estructuras formativas rígidas— que, sin ser explícitamente
hostiles, desregulan y erosionan la seguridad relacional.

La vergüenza toma muchas formas. En mi experiencia como participante en espacios
formativos, advertí que la vivencia relacional pesa tanto como los contenidos que se
transmiten.

La conexión, la sensibilidad y la atención a la vulnerabilidad —propia y del otro— en las
interacciones van más allá de una visión meramente terapéutica; constituyen un recurso
humano fundamental que sostiene la regulación, la resiliencia y el sentido de pertenencia.

La experiencia cognitiva y la experiencia somática no son opuestas, sino paradójicamente
complementarias: un insight se comprende, una sensación se vive. El cuerpo susurra, habla y,
cuando no es escuchado, a veces recurre al grito- mi vergüenza-. Las sensaciones son la forma
primaria a través de la cual el cuerpo comunica y organiza la experiencia.

Cuando pude notar, escuchar y acompañar las reacciones en mi propio cuerpo, experimenté
que aprender implica también permitir que el cuerpo sea un recurso para integrar información
relacional y contextual. La introspección sentida de mi vergüenza me acercó a un crecimiento
humano más humilde, que se transformó en mayor regulación, pertenencia y permiso para
aprender incluso desde la amenaza.

A partir de una mirada sentida de aquellos tres días de formación, puedo reexperimentar mi
estado interno como seguro, sereno y en conexión. Mi gesto ingenuo al hacer preguntas
—validado por la mirada cálida, la sintonía corporal y la presencia genuina de los oradores—
permitió que el latido de mi corazón se suavizara y que mi cuerpo se habitara con calidez y
espontaneidad. Lejos de la vergüenza, mi humanidad encarnada desplegó una curiosidad viva
y libre.

Hoy siento con mayor nitidez que no fueron los contenidos, ni el entusiasmo por una nueva
formación, ni la experticia, ni la técnica científicamente sofisticada. Fue el acompañamiento
sin palabras, la historia del cuerpo leída implícitamente, la naturalidad y la apertura genuina
de los exponentes. Fueron la mirada y la resonancia sostenida las que resguardaron mi estado
de seguridad.

La curiosidad y claridad ahora asentada me permitieron notar que en algunos espacios
formativos la experiencia de aprender no siempre está mantenida por los mismos principios
que se enseñan. Sin duda mi proceso sigue, avanza al ritmo de mi cuerpo y desde ese espacio
sentido, me pregunto: ¿Desde qué estado corporal y relacional se sostiene la presencia de
quienes forman a terapeutas para intervenir en trauma?

En esta formación de Brainspotting, mi cuerpo experimentó la coherencia y fluidez orgánica
entre la trasmisión de información y la presencia.

Referencias

DeYoung, P. A. (2015). Understanding and treating chronic shame: A
relational/neurobiological approach. Routledge.

Elica Parra Psicóloga clínica y psicotraumatologa. 2025

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