Siempre había sentido cierta curiosidad por el yoga, pero la verdad es que en aquel entonces no
tenía muy en claro de qué se trataba. Era más bien una intuición, una vocecita interior que me
atraía interiormente hacia eso… y que no estaba escuchando.
Hasta que hace unos cuatro años decidí empezar. Encontré un lugar en el que dictaban clases a
pocas cuadras de casa, así que le hice caso a esa voz interna y sin más excusas comencé.
Recuerdo que los primeros meses fueron de mucha frustración porque no lograba sostener de
buen modo casi ninguna de las posturas que la profesora muy pacientemente explicaba.
Trastabillaba, no podía mantenerme en equilibrio, me aburría… Dudé en dejar, pensando que no
era para mí, pero la profesora nos repetía una y otra vez en cada clase que cada cuerpo tiene su
propio ritmo, y que acompañarlo de manera amorosa también era parte de la práctica yogui.
Gracias a esa amable insistencia de mi profesora, con el correr de los meses mi cuerpo se empezó
a soltar con una liviandad y fluidez que jamás había reconocido en mí anteriormente (o por lo
menos no de modo tan consciente). Y desde aquel entonces siempre llevo conmigo una gran
premisa, que la pude trasladar a mi rol de terapeuta: hay que saber acompañar amablemente ya
que cada cuerpo tiene su propio ritmo.
Quise relatar esta experiencia personal para poder establecer un paralelismo con lo que ocurre
con Brainspotting. Durante el procesamiento, todo ese material de experiencias traumáticas, que
en su momento no ha podido ser elaborado de manera adaptativa por el psiquismo, empieza a
integrarse y a encontrar nuevos caminos de resolución. Entendiendo que cada ser humano va
procesando todo ese material como puede (a sus modos, a sus tiempos), la premisa central como
terapeuta de ir acompañando de modo compasivo y respetuoso siempre me remite a mi práctica
de yoga.
Desde esa confianza interior de que neurobiológicamente algo siempre está sucediendo durante
el procesamiento del paciente (por más que éste a veces refiera “no sentir o percibir nada”), uno
está convencido de que algo siempre está ocurriendo en las capas más profundas del sistema
nervioso. El cuerpo, con toda su sabiduría ancestral y su afán de llegar siempre a un estado de
integración, es el que nos va conduciendo… Solo es cuestión de confiar en él.
Aludiendo a esta noción de que el cuerpo posee su propia sabiduría, muchas veces nos va
llevando por capas tolerables. Es decir, el mismo sistema sabe lo que hace y va dosificando todo
lo que aparece (pensamientos, emociones, sensaciones). Es allí donde la relación terapéutica se
vuelve una danza sutil: una resonancia límbica en la que ambos sistemas nerviosos se entrelazan,
y donde uno como terapeuta va promoviendo siempre esa mirada observadora, curiosa y no
enjuiciadora a todo lo que en el paciente aparece. Todo, absolutamente todo, es parte del proceso.
Y aquí uno podría apelar también a esa intuición clínica que en ocasiones interviene. Esa
sensibilidad fina que Jung acuñaba con el término sincronicidad para definir esa “coincidencia
significativa” que no puede explicarse por cierta casualidad ni causalidad lineal, sino por la
convergencia simbólica entre la psique y los procesos del mundo. Algo de esto es lo que ocurre
con Brainspotting entre terapeuta y paciente: esa sintonía dual que va acompañando y orientando
hacia todos esos recursos que el cuerpo mismo ya posee. Cuando se ve bloqueado ese flujo vital
y esa creatividad inherente al ser humano, es importante rastrear qué está generando que tales
procesos naturales se vean obstaculizados.
Muchas veces todo lo que no es lógico o comprensible de modo verbal, queda en un plano de
sensaciones sentidas que cada paciente durante el procesamiento las va graficando
simbólicamente o poniendo en palabras como puede. Y aquí nuevamente: confiar en la sabiduría
del cuerpo, quien es el que siempre nos va llevando; por eso uno como terapeuta debe saber
acompañar todo ese proceso que se sucede, sabiendo que el organismo sabe hacia dónde va.
Como dice el reconocido cantante uruguayo Jorge Drexler: amar la trama más que el
desenlace. Y quizás ese sea el corazón del trabajo con Brainspotting: confiar en el recorrido,
confiar en el cuerpo.
Lic. José Carrizo Jerez – Salta, Argentina